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Tía, eres tan bonita

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No sé si sabías jugar al ajedrez, creo que una vez me dijiste que sabías mover las fichas. Beng Ekerot siempre gana la partida y tú ya habías movido tus fichas sin resistirte, asumiendo el final del combate sabiamente: esa es la gran victoria. El año pasado, aún viviendo yo en Valencia me hiciste en patrón de un vestido que no está concluso, pero que es de color blanco, que es la ausencia de los colores y es el luto en el rito islámico. Me invitaste a comer y estuvimos hablando en la sobremesa de tus memorias de infancia, de la Guerra, de cómo tu madre, la tía Leonor, os iba adelantando a pequeños pasos a vosotr@s y a vuestra maleta camino del andén que os había de llevar a destino, Cuantísima gente desbordando los vagones. Más adelante la abuelita Pilar, que te acogió como a una hija y que juntas desplumabais el pollo para que el abuelito se luciera haciendo la paella cuando había motivo de celebración. Pueblo, huerta y vida. El vestido también fue motivo de remembranzas,

The best friends

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Pidió bravas y ensaladilla rusa en uno de esos miles de bares que no habían cambiado absurdamente el nombre a la receta y sabiendo que iba a gozar mínimamente de esas tapas porque sus amigas se empeñarían en que probase otras cosas, lo hacían con la mejor de las intenciones, un tópico más que añadir a la carpeta de riesgos sociológicos del vegetarianismo; no se lo tendría en cuenta, estaba demasiado emocionada con el reencuentro, comería cualquier cosa, pero tampoco era necesario que el camarero le plantara a escasos milímetros de su plato la ración de morro. Mayoritariamente se aprobó sangría así que cogorza asegurada, pensó. Cómo se alegraban de volver a verse. El tiempo las había embellecido y dotado de sabidurías nuevas; la mayoría habían sido madres, pero aquella noche, en los relatos no era necesario expresar su amor por las crianzas en primer término. Bromeaban con la edad a cada momento; se conocían desde hacía décadas, varias décadas, alguna desde el colegio. No todas habían i

Salitre

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    Estaba realmente triste. Pensó que el mismo tranvía que le llevaba a la obligación bien podía acercarle a la playa de la Malvarrosa a quitarle las penas y el mal sabor de boca de ese día aciago. No importaba el día siguiente, para nada pensó en el día siguiente; seguía un impulso y su amiga por teléfono le hizo reflexionar, aunque, bueno, tampoco pensaba volver a las tres de la mañana. Solo quería sacudirse un poco el calor y la ascopena que se le habían pegado al cuerpo como una lapa del tamaño del Cañón del Colorado. Llegó a la hora en que l@s últim@s remolones apuraban la cuerda al reloj de sol y preguntó desorientada a dónde dirigirse para tomar algo. Enfiló y encontró que una pareja de turistas dejaba hueco a la orilla de la arena. “Miel sobre hojuelas”, pensó y encontró la manera de no saltarse excesivamente la dieta, recordando las palabras de su Nutricionista favorita “Hay que vivirr”, desterrando así la culpa de su cerebro, esa canalla rencorosa e inútil como el vera

Cristina free

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  “Para encontrar la luz fugaz de algún relámpago de abril que me descubra un claroscuro, una silueta o un perfil para hacer frente a la jauría cuando escape del redil. No se me ocurre otra manera   de seguir en la trinchera con un beso por fusil.” LEA   Tras el contacto inicial y la conexión apropiada quedaron para conocerse en persona el sábado por la tarde. Faltaba una semana en la que muy educadamente se daban los buenos días y las buenas noches e intercambiaban información interesante que serviría para utilizar en la cita llegado el momento y para conocerse un poco según avanzaba la semana. Se había sacudido el pasado como quien se sacude el pelo e iba a conocer una nueva etapa en su vida. Sus cincuenta años bien vividos le darían una señal; aunque nunca se sabe siempre se sabe. Quedaron en la cafetería con hilo musical de un aséptico hotel del centro. Hablaron y hablaron, de gustos, de cine, de aficiones espirituosas, él más desde el presente, ella, para qué vam

Corazón coraza

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  Vivíamos a dos calles de aquí y a un mundo de distancia. Compartíamos piso y aunque nuestras formas de vida eran muy distintas, un fin de semana de Halloween decidimos pasarlo en Madrid. Nada, llegar a la pensión del   Barrio de las Letras, cambiarnos de ropa y salir a la noche a triunfar sin tiempo de pensar qué íbamos a hacer después. A él y a mí conocernos mejor fue lo que se nos ocurrió y nos salió bien. Tras el breve descanso y ya entrada la mañana bromeamos sobre el 15M y algunas cosas más. Él me dijo: si quieres trabajar aquí hay trabajo, pero no entraba en mis planes mudarme a vivir a Madrid. Justo estaba saliendo de una etapa de mi vida complicada, cómo no, y no estaba más que lamiendo mis heridas sin ningún tipo de plan de futuro. Salimos a la calle; yo quería ducharme y cambiarme de ropa. De camino a la pensión pude ver de cerca el exuberante   jardín vertical del Caixaforum y pasé sin darme cuenta por la puerta del Reina Sofía. Cuando nos duchamos por fin pude ver

Eternamente Yolanda

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  Al entierro de mi primo Sergio vino Yolanda León; vino mucha gente, amig@s del instituto y de la vida, pero Yolanda había vivido con nosotr@s nuestra más tierna infancia en brazos de la Educación General Básica y habíamos sido compañer@s desde párvulos hasta las cercanías de la Secundaria. Yolanda era la que nos enseñaba a cantar en las primeras excursiones a la fábrica de yogures Danone en un polígono de Valencia, Ay picoleto, picoleto hijo de puta, y otras más igual de irreverentes en el trayecto que nos brindaba el autobús. También fue la que en el mes de Mayo, mes de María que madre nuestra es y a la que había que llevar flores en el altarcito que teníamos en clase, trajo un cactus que con el florecer de la primavera fue creciendo y adquiriendo unas determinadas proporciones que no reproduciré aquí. En el entierro me habló de una acampada y me preguntó ¿Te acuerdas? Yo no me acordaba pero dije que sí porque no tenía ganas de llevarle la contraria; y más que dudar de mi memo

Te lo digo en los posos

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  Cojo la taza que ha adquirido la temperatura idónea, la dirijo hacia mi boca con la mano izquierda y doy un pequeño sorbo, tibio, dulce; noto como baja por mi tráquea y lentamente llega a mi estómago . La dejo reposar en la mesa. Doy dos sorbos seguidos esta vez y , de repente me entra prisa porque sé que si dejo pasar mucho tiempo la calidez del líquido desaparecerá y con ella esos sorbos de placer, pero no me apresuro, escucho a mi estómago que me dice que está listo para una ingesta más; por tercera y cuarta vez tomo a sorbos la infusión. Eructo –In sala- Todo está bien en este instante. Al regar las plantas he comprendido. Fotografía: @restot